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Según general del Ejército peruano: Sendero Luminoso no estaba ganando la guerra cuando se dio el golpe de Estado.

April 27th, 2008 · 2 Comments

Petronio Fernández Dávila Carnero. 

25 de abril de 2008 

Quincuagésimo tercera sesión.- Dio su testimonio el general en retiro Petronio Fernández Dávila Carnero, testigo llamado por la defensa de Fujimori, actualmente procesado por violaciones a los derechos humanos.

 

1. Incidentes en la Audiencia

 

Defensa de Fujimori con un abogado menos.-

Desde el inicio de las sesiones de audiencia la defensa de Fujimori ha sido realizada por el abogado César Nakazaki y sus asistentes, la abogada Gladys Vallejo Santa María y el Abogado Johan Pinedo. Sin embargo, actualmente, el abogado Pinedo ya no asiste a la audiencia de Fujimori, ya que estaría encargado de llevar la defensa de los generales Julio Salazar Monroe y Nicolás Hermoza Ríos.

 

2. Entre lo más importante:

 

En 1992, Sendero Luminoso no tenía posibilidad de ganar la guerra.

Según el general en retiro, Sendero Luminoso nunca estuvo a punto de ganar la guerra. Refiere que en su calidad de militar en zona emergencia, en una zona donde Sendero Luminoso causó el terror de forma indiscriminada (según las cifras de la CVR, SL fue el responsable directo del 54% de las víctimas fatales en el conflicto armado), sin embargo, para él Sendero Luminoso, cuando llegó a Lima estaba en decadencia, y los atentados en Lima, los hacían para demostrar un poder que ya no tenían.

Sobre la inexistencia de este supuesto “equilibrio estratégico” (término usado por SL, para referirse a que estaba ganando la guerra al Estado peruano, también ha declarado el ex presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas (CCFFAA), Arnaldo Velarde Ramírez. Lo cual confirma la tesis de la Comisión de Verdad y Reconciliación de Perú.

 

“Guerra no convencional” si fue utilizada por el Ejército Peruano.

Reconoció diversos documentos militares en los que se habla de “guerra no convencional”.

 

Eliminar si puede significar matar:

Según el militar en retiro el término eliminar utilizado en los manuales y reglamentos del Ejército Peruano, conlleva realizar tres acciones:

1.     Acción  cívica, indispensable para ganarse a la población.

2.     Operaciones psicológicas, para separar a los miembros de Sendero Luminoso de la población.

3.     En caso de enfrentamiento en combate es matar

 

Trayectoria profesional del testigo:

 

1.     En 1990 fue Jefe del Comando Político Militar de Ayacucho. Sin embargo refiere que  nunca fue llamado para alguna investigación por violaciones de Derechos Humanos, no se enteró que hubo un incinerador de restos humanos en el Cuartel “Los Cabitos”, tampoco se ha enterado que en ese cuartel, que estuvo bajo su mando, ha habido exhumaciones de personas, e inclusive de un niño; según él esas investigaciones están en el Poder Judicial, por lo que él como jefe de base no necesitaba enterarse, además que según él, ninguna denuncia es probada.

2.     En 1991 participó del “comité de asesoramiento antisubversivo” del Comandante General del Ejército, en ese entonces Pedro Villanueva, ya que este necesitaba mayor información para poder intervenir en las reuniones del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas CFFAA, su fuente de insumos era la Dirección Nacional de Inteligencia (DINTE).

Cómo miembro de este comité de asesores No sabían que en el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIN) se reunían Vladimiro Montesinos con Fujimori. Tampoco tuvo conocimiento de la felicitación presidencia al “grupo de análisis” conformado por Santiago Martin Rivas, con respecto supuestamente a su labor de inteligencia. Cuando respecto a las actividades de inteligencia del SIN, se le preguntó textualmente “¿no les informaban de anda?”, la respuesta del general fue “absolutamente”.

Tampoco sabe porque a un destacamento especial de búsqueda de información, el Destacamento Colina, se les asignó armas con silenciadores.

 

3.     En 1992, fue Jefe de la Oficina de Derechos Humanos del CCFFAA. Sin embargo, el 5 de abril de ese año, fecha del Autogolpe, estuvo de vacaciones, por eso no sabe que pasó y no se enteró golpe de Estado. Según el general, no puede calificar el cierre del Congreso, el cierre del Poder judicial y de otras instituciones, como un golpe de Estado ya que el no es abogado. Tampoco tomó conocimiento de las detenciones de las personas a raíz del 5 de abril.

 

Para las próximas sesiones han sido llamados a dar su testimonio los militares en retiro: Alberto Ríos Rueda ex jefe de la Casa Militar de Palacio de Gobierno y de la Cuarta Región Militar, implicado en caso de Susana Higuchi; César Burga Colchado y Hugo Martínez Aloja, jefe del Cuartel Los Cabitos de Ayacucho en 1991.

 

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2 responses so far ↓

  • 1 Carlos Werlen Schuzte // Jul 14, 2008 at 10:26 am

    Sendero al hacer un balance de su fallida revolución, nunca tuvo la capacidad militar para ganar la “Guerra Popular”, actúo de modo despiadado con los campesinos, y los puso contra la pared frente a los represores, que con saña cometieron abusos frente a la población civil. Al final esta revolución estaba condenada al fracaso, pues sus dirigentes tenían todas las taras y vicios, del estado del cual criticaban.

  • 2 carlos tejada // Jun 6, 2010 at 6:55 am

    La Guerra de los Tenientes

    Artículo de Gustavo Gorriti en su columna “Las Palabras” de Caretas 2131 del 27 de mayo.

    ¿Por qué hubo matanzas de gente indefensa perpetradas por las fuerzas de seguridad durante la guerra interna? Sendero, que había iniciado y agravado la violencia, mataba casi cada día a víctimas inermes. Pero si Sendero asesinaba, ¿las fuerzas de seguridad no debían proteger?

    Me pregunté eso muchas veces durante la década de los ochenta, pero sobre todo en los primeros meses de 1983, cuando la acción contrainsurgente de la Fuerza Armada era relativamente nueva. Las primeras medidas del general Clemente Noel, a cargo de las operaciones militares y, en los hechos, del mando político en la zona, parecieron al comienzo racionales y congruentes, cuando declaraba que su objetivo era recobrar el imperio de la Constitución en las zonas remecidas por la violencia.

    Dada la gravedad de la situación entonces, en la que para todo propósito práctico la Policía había sido derrotada, se sabía que iba a haber enfrentamientos duros y mortales. Pero, ¿no se suponía que el combate entre grupos armados debe regirse por las leyes de guerra, que respetan la rendición y protegen a la población desarmada?

    El general EP Clemente Noel, a quien entrevisté varias veces, era una persona más bien afable, que parecía tener una disposición gregaria y concertadora. Había sido alumno en el CAEM del mentor intelectual de Abimael Guzmán, el filósofo arequipeño Miguel Ángel Rodríguez Rivas, y le profesaba parecido respeto al que años atrás había expresado Guzmán.

    Pero poco tiempo después de la tragedia de Uchuraccay, Ayacucho se precipitó en el despeñadero que en los meses y años siguientes lo habría de convertir en una de las capitales del mundo en desapariciones y asesinatos. Los cadáveres amanecían en las quebradas de Infiernillo y Puracuti, y las madres y esposas atardecían en colas largas en la oficina de la Fiscalía de la Nación, donde la entonces joven fiscal Flora Bolívar podía hacer poco más que llenar un registro fiel de quienes –la experiencia prontamente lo enseñó– difícilmente retornarían a su hogar.

    El primer gran cambio sucedió con el lenguaje. El pretendido desconocimiento burocrático, la hipocresía y el eufemismo ocultaron las sustantivas, soterradas pero fulminantes realidades de una violencia en la que al totalitarismo fanático y asesino de Sendero se le oponía un blando discurso de fachada, de supuesta defensa de la Constitución, y una cruel realidad de guerra de aniquilamiento.

    ¿Por qué? ¿No era aquello, además de ilegal, contraproducente y estúpido? Lo pregunté, como queda dicho, muchas veces, pero la respuesta más sincera me fue dada ese año por un general que tenía entonces uno de los puestos más altos en el Ejército. Yo lo conocía desde varios años atrás, cuando fui agricultor en el departamento de Arequipa. El general, que ya ha fallecido, era, aunque de temperamento vivo y hasta violento, un hombre correcto y honesto.

    Aunque en rigor no lo éramos, me trataba de “paisano”, y ese día, en su oficina del Pentagonito, cuando le pregunté sobre el tema, se puso serio, pidió a su secretaria que no lo interrumpieran y me dijo, palabras más, palabras menos, lo siguiente:

    – Paisano, esto no se puede decir, pero tienes que entenderlo: no hay otra. A un subversivo cristalizado no lo puedes cambiar. Nos duele, somos padres, somos gente correcta, pero no hay otra. Ese no va a cambiar. Si no lo eliminas, saldrá a la calle y matará a otros, a gente inocente, no como él, y envenenará a otros que cuando se cristalicen ya no van a tener remedio tampoco. ¿Tú crees que nos gusta? ¿Crees que no nos duele? Pero no hay otra.
    Un subversivo cristalizado ya no tiene remedio.

    Finalizó diciéndome que en situaciones como la que vivíamos, no saber actuar a tiempo era más cruel que hacerlo.

    Ese general, que al morir no tenía otro ingreso que su fraccionada pensión, demostró algo probado hasta el desaliento por la Historia. La poderosa distorsión de las ideologías convierte muchas veces a gente correcta en implacables victimarios.

    Entonces recién declinaba en Latinoamérica un ciclo de brutales dictaduras contrainsurgentes que sofocaron todas las insurrecciones guerrilleras de la época, desde México hasta Argentina, salvo dos excepciones, Nicaragua y El Salvador (Colombia fue y es un caso diferente). La ideología contrainsurgente que imperó entre las fuerzas armadas latinoamericanas fue la de la guerre révolutionnaire francesa, profundamente antidemocrática y de raíces ultramontanas. Para sus profesos se trataba de una guerra virtualmente metafísica entre el “occidente cristiano” y el “comunismo ateo”. Al defender la tortura, uno de sus más célebres sistematizadores, el coronel Roger Trinquier, escribió, citando a Clausewitz, que “no hay errores más peligrosos que aquellos inspirados en la benevolencia”.

    En esos años, esa contrainsurgencia tenía el prestigio de la victoria y el respaldo del poder, actual o reciente. Estableció redes operativas y de inteligencia en toda América Latina, e influenció a las Fuerzas Armadas peruanas, sobre todo a partir del gobierno de Morales Bermúdez. Interrogatorio a través del tormento, desaparición de cuerpos y de huellas, doble historia: esa fue la doctrina subyacente que se aplicó durante buena parte de la guerra interna.

    Fue un proceso de sorda y corrosiva esquizofrenia, entre la democracia nacida en 1980; y el imperio de una contrainsurgencia ilegal, que en dos años produjo más muertes en los Andes y la Selva que, por ejemplo, todas las víctimas que causó Pinochet durante su larga dictadura.

    Pero, como sucedió en varios otros momentos de nuestra historia militar, la logística y el comando y control de la Fuerza Armada fueron más bien débiles en la relación entre las grandes y las pequeñas unidades. Por eso, la capacidad de iniciativa que tenía cada joven teniente o capitán que se hacía cargo de un distrito, era muy grande. Con muy pocos medios, tenía que alimentar, cuidar y mantener la disciplina de su tropa. A la vez, debía operar y, finalmente, proteger a la población local. Para los jóvenes, inicialmente inexpertos oficiales, al mando de muchachos casi adolescentes, generalmente foráneos (casi siempre llegaban de otras provincias), el desafío era inmenso y las instrucciones mínimas o inútiles.

    Por eso, hay veteranos que sostienen que esa fue una guerra de tenientes y de capitanes. En esa situación de responsabilidad e inexperiencia, las diferencias individuales afloraron y fueron decisivas. Muchos jóvenes oficiales se identificaron profundamente con la población que les tocaba defender y se convirtieron en líderes comunales en tiempos de guerra.
    En otros, sin embargo, el poder, la distancia cultural, la sospecha, el miedo y, a veces, la corrupción, los convirtieron en tiranos letales e impredecibles. A veces un tipo de oficiales sucedió al otro de un año al siguiente. Para los comarcanos, sobrevivir no solo suponía enfrentar a Sendero.

    Claudio Montoya Marallano fue un joven teniente de ingeniería en el Ejército durante los años duros de la guerra. Ingeniero o no, le tocó actuar como infante una y otra vez, en increíbles marchas y misiones entre descabelladas, cómicas, heroicas y muchas veces trágicas. Años después, retirado y emigrante, escribió una novela en primera persona sobre sus días de campaña. El libro se llama “El pecado de Deng Xiaoping” (1) y su lectura enseña más que la mayoría de análisis. Lo que a veces le falta en oficio narrativo se compensa con creces en la autenticidad del relato.

    Desgraciadamente, Montoya hizo una edición particular, muy pequeña, para amigos, compañeros y familiares. Gracias a uno de ellos pude leer el libro. Ojalá decida ofrecerla a una editorial que la pueda hacer llegar al público. Y ojalá otros de aquellos que alguna vez fueron jóvenes oficiales (o sargentos y cabos aún más jóvenes) escriban sus mejores y sus peores recuerdos de esos tiempos, con sinceridad, autenticidad y ojos de ver. Eso ayudará mucho a desenterrar la atormentada verdad del pasado, y al comprenderla y reconocerla, conquistar la memoria y la paz.

    Notas:
    (1) “El Pecado de Deng Xiaoping”, Claudio Montoya Marallano. España, 2008

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