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Ex agente Colina: “yo pido perdón al pueblo peruano”

January 26th, 2008 · 5 Comments

25 de enero de 2008

Décimo sexta sesión. Rindieron su testimonio como testigos del acusado Fujimori, dos ex agentes del Destacamento Colina: José Alarcón González y José William Tena Jacinto.

José Alarcón González, quien fue jefe del  equipo de seguridad y protección de Nicolás de Bari Hermoza Ríos hasta el 11 de mayo de 1992, fecha en que fue cambiado al Destacamento Colina. Alarcón González, refirió que si bien su cambio formal fue en mayo de 1992, ya mientras era jefe de seguridad de Hermoza Ríos, realizó cuatro operaciones especiales con el Destacamento Colina, operaciones que tuvieron siempre como resultado la muerte de personas.

Posteriormente naró detalladamente los hechos de la matanza de La Cantuta, manifestando que todos llevaron armas con silenciadores y que en dos de los vehículos, se llevó palas, picos y cal, material que es usado para hacer entierros clandestinos. Es decir, desde que fueron a la operación, ya se tenía planeado asesinar a las víctimas.

Por último, manifestó que el grupo Colina, era un Destacamento de Inteligencia, y que para la creación de un destacamento de esta naturaleza, tiene que haber conocimiento del  Comandante General del Ejército, además pese a que se hablaba constantemente de estos crímenes, tanto en la prensa como en las mismas instalaciones militares, nunca recibió sanción alguna, ni siquiera una llamada de atención por estos hechos.

Tena Jacinto, por su parte narró que estuvo infiltrado en la Universidad La Cantuta desde 1986 como parte de la “Operación Narval”, un plan que consistía en infiltrar agentes de inteligencia en instituciones estatales, como parte de la estrategia de la lucha contra la subversión.

De igual manera que el testigo anterior, narró con detalle los hechos de la  matanza de La Cantuta, manifestando que cuando salieron de la universidad con las y los estudiantes y el profesor Hugo Muñoz aún vivos, Santiago Martin Rivas, jefe operativo del Destacamento Colina, recibió una llamada del jefe de la Dirección de Inteligencia (DINTE), el general Juan Rivero Lazo, quien le ordenó que pusiera a las personas detenidas a disposición de la Policía Nacional del Perú; sin embargo, Martin Rivas desobedeció las órdenes del general.

Respecto a la versión sobre que el crimen de La Cantuta, cometido el 18 de julio de 1992, no fue planificado, y que esta matanza fue en represalia por el atentado que cometió Sendero Luminoso el 16 de julio de 1992 en la calle Tarata (una céntrica calle de un barrio de clase media en Lima, donde murieron 25 personas), Tena Jacinto, le manifestó a la Sala, que ya el 14 de julio, otro agente de Colina, fue descubierto tomando fotos a la residencia estudiantil de la universidad (lugar de donde sacaron a las víctimas).

Tena Jacinto, refirió además que la guerra de baja intensidad “es lo que enseñaron a los oficiales en la escuela de las Americas”, y cerró su testimonio manifestando que a los militares nunca les enseñaron respeto alguno por los derechos humanos, y que sólo les enseñaron “acabar con el enemigo”, por eso ahora pidió perdón al pueblo peruano y a las víctimas.

Cabe resaltar, que luego de un de los recesos la abogada de la parte civil, Gloria Cano, pidió a la Sala, que no permitiese a los invitados del acusado Fujimori que sigan haciendo comentarios tales como: “eran terroristas tenían que morir”, comentarios que fueron hechos por la ex parlamentaria fujimorista Carmen Lozada de Gamboa. La Sala manifestó, que de verificarse y repetirse estos incidentes, prohibiría el ingreso a la audiencia a estas personas. 

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5 responses so far ↓

  • 1 aldo urrego garcia // Jan 28, 2008 at 8:32 pm

    El Ing. Fujimori luchó contra la lacra terrorista en forma efectiva. Detuvo y encarcelo a las cupulas de sendero Luminoso y el MRTA.
    Los politicos de tendencia comunista que apañaron y alentaron a esto grupos y que son enemigos politicos de Fujimori, hoy lo juzgan, Que clase de imparcialidad puede haber en los juicios a los que esta sometido el Ing. Fujimori.
    El odio de estos politicos , tambien se origina porque Fujimori cerro el congreso, para poder combatir el terrorismo la hiperinflacion, el caos, y el desgobierno que imperaba. Eso los poliqueros jamas se lo perdonan y hoy desatan toda su ira contra él.
    Pero que sepa a nivel mundial que Fujimori es inocente, y que el juicio a que es sometido es politico. Pero el pueblo peruano lo reinvidicará en su momento.

  • 2 Diana Nieves Torres // Jan 29, 2008 at 11:41 am

    Comentarios como los de Aldo Urrego,sólo demuestran lo borregos que podemos ser los peruanos, Fujimori,no nos salvò de nada, ¿no están ahora nuevamente los terroristas dedicándose al narcotráfico y matando policias?

  • 3 german merino vigil // Feb 1, 2008 at 11:43 pm

    Noche a noche lo veo ante sus jueces: un anciano obstinado, acosado por la memoria inexorable del poder perdido para siempre, un reo al fin y al cabo, cuya conducta ha evolucionado en pocas semanas desde la altivez inicial hasta el cinismo premeditado, pasando por las diferentes etapas del desconcierto , la insolencia, la cundería , la autocompasión en fin hasta llegar, poco a poco, sin sorpresa para nadie, hasta la convicción actual y abrumadora de que el poder es efímero, de que los dictadores también pueden ser juzgados, de que todos somos, en última instancia, responsables de nuestros actos.

    Fujimori también.

    Lo veo, pues, casi todas las noches, sin satisfacción alguna, sin compasión tampoco, obligado por la omnipresente cajita luminosa del televisor, por la vieja manía de seguir las noticias diarias. Sorprende ahora, más de veinte años después, constatar que este anciano vacilante, acorralado, cínico e inseguro, cuyos ojos nunca miran de frente, de aspecto más bien frágil, este viejo que tiene que pedir – como todos los viejos- permiso para ir al baño cada cierto tiempo, es el mismo Fujimori cuya imagen totalizó el imaginario nacional durante tanto tiempo.

    El Presidente que dispuso sin contemplaciones del trabajo, del destino y del pan de tantos miles de peruanos; el que se paseaba impertérrito ante los cadáveres de los senderistas ultimados; el que se bañaba en plena selva, rodeado por su harem de sexy-periodistas de la TV, mientras los adolescentes del 6º de infantería se dejaban matar con valor pero sin esperanza en la Cueva de los Tayos, a quince o veinte kilómetros de distancia; el que decidía sin apelación quienes iban a ser congresistas, alcaldes, embajadores o ministros; el que disponía personalmente los operativos; el que hacía todas las preguntas, el que dictaba todas las respuestas, el que no aceptaba replicas; el todopoderoso y omnisapiente que mereció la adulación de casi todo el Perú, con muy pocas excepciones, es ahora un anciano vacilante y desmoralizado, que se defiende con la picaresca y el cinismo de cualquier estafador provinciano. Cuando lo veo así, recuerdo que Dantón dijo: “los grandes nos parecen grandes porque estamos de rodillas….. ¡ Levantémonos¡”

    Si, pues.

    Los peruanos de los años noventa, (en cuanto sociedad, tal vez no como personas), estábamos aplastados por la crisis ideológica, económica y moral, por la anomia social y el desconcierto político resultantes de la caída del Muro, la inflación billonaria, la liquidación social de la clase media que siempre ha sido la clase política en nuestro país, la insurrección y la contra insurrección. En cuanto sociedad repito, estábamos literalmente de rodillas y Fujimori, ese pequeño intrigante, ese demagogo inofensivo, ese enano político, nos pareció inmenso. Fue en esas condiciones – los coches bomba, los apagones cotidianos, la devaluación, CLAE, la corrupción impune, el cinismo político, la manipulación mediática, la crisis de los partidos- que el Perú aceptó, mayoritariamente, la dictadura.

    Solitario, reclinado en mi memoria, recuerdo ahora de qué manera los hombres y las mujeres de la izquierda y del APRA – lo poco que quedaba de la izquierda y del APRA, mejor dicho- decidimos, dispersos y sin obedecer consigna alguna, que votar por Fujimori era la única manera de “cerrarle el paso a la derecha”, en la dramática segunda vuelta de 1990. Y lo hicimos, de manera espontánea, porque nuestros líderes prefirieron el silencio, se desbandaron, abdicaron sus responsabilidades políticas y prefirieron esperar, como decían, el curso de los acontecimientos. Esa fue nuestra reacción infantil y sectaria, cuando habían pasado apenas cinco o seis meses de la caída del Muro de Berlín, que se vino abajo como un castillo de naipes cuyos escombros aplastaron las esperanzas de cinco generaciones; votamos por Fujimori a ojo cerrado, por instinto o por sectarismo, vaya uno a saberlo, porque nadie se puso a discutirlo entonces y porque después ya era tarde para discutir. Nadie tuvo derecho, año y medio más tarde, a sorprenderse cuando las masas salieron a la calle para aplaudir el golpe de estado, a felicitarse porque se había disuelto el Parlamento, esa madriguera de políticos corruptos, porque se había liquidado a ese mismo Poder Judicial aborrecido por todos, porque finalmente se había puesto fin a la democracia, ese circo electoral tantas veces denunciado.

    Tú también tienes la culpa, peruanito que te callas, tu que prefieres el silencio confortable, abrigado y seguro: todos somos culpables.

    El juicio a Fujimori es igual a todos los procesos que he visto desde mis años iniciales de periodista judicial: uno o más reos, los jueces, el fiscal y los abogados, los testigos, la mecánica del interrogatorio, la ritual e inoficiosa estación de la “lectura de piezas”, los peritos más bien solemnes, las alegaciones casi siempre emotivas del abogado defensor… la noción de inocencia o culpabilidad que poco a poco va infiltrando la sala, de modo progresivo, inexorable, hasta que, en algún momento indeterminado, perceptible, los asistentes van llegando a una conclusión que al fin se traducirá en la sentencia. Hay excepciones, claro, hay, -digámoslo así-, sorpresas judiciales, quien lo duda. Pero, por lo general, las conclusiones a que llegan los jueces son las mismas del auditorio.

    En este caso creo que hay muy pocos peruanos – incluyendo a sus propios partidarios- que no estén convencidos, como yo mismo, que de los asesinatos de La Cantuta y Barrios Altos fueron el producto necesario de las instrucciones de Fujimori, de las leyes dictadas por Fujimori, de la concepción político- militar personalizada en Fujimori; los autores físicos, materiales de esos delitos, actuaron respaldados por la autoridad de Fujimori y se beneficiaron de la impunidad que les otorgó Fujimori. Todos lo sabemos, al margen de lo que puedan decir los jueces finalmente. Pero todos sabemos también que los asesinatos de Barrios Altos y La Cantuta y en verdad todos los demás asesinatos por los que Fujimori nunca será juzgado, respondieron a un consenso social multitudinario, masivo en el Perú ensangrentado de los años ´90. Pocos, tal vez nadie, querrá decirlo ahora, pero no callaré: en esos años terribles, la gente, nuestra gente decía “mátenlos” para referirse a los senderistas y emerretistas, (“terroristas” o “alzados en armas” según las preferencias semántico- políticas de cada uno); esa es la verdad, aceptémoslo, reconozcámoslo, confesemos nuestros pecados sociales o hagamos nuestra autocritica, a gusto de cada uno.

    Pero, como lo quiso González Prada, rompamos el pacto infame de hablar a media voz. Recordemos sin ira como el coche bomba de Tarata, la señora Moyano asesinada y dinamitada, provocaron una ira colectiva, una convicción casi unánime: había que matar a los terroristas, era la única solución. Tú que me lees, recuerda: ¿no era ese el consenso social en esos días? ¿Te atreverás a negar, en el fondo de tu conciencia lacerada, que por lo menos una vez tu, peruano civilizado, hombre o mujer de clase media, aceptaste al menos con el silencio esa conclusión colectiva: “mátenlos”? No puedes ni podemos negarlo, todos hemos vivido un momento así; al menos con el silencio todos hemos sido, en mayor o menor medida, cómplices de todo lo que ocurrió.

    Peor aún, a Fujimori lo están juzgando por los asesinatos de Barrios Altos y de la Cantuta, cometidos en Lima, legitimados en su momento como una respuesta igualmente sanguinaria a los coches bomba, al asesinato de la señora Moyano, a los atentados de Tarata y de Jesús María. Nadie lo está juzgando, para poner un ejemplo, por los asesinatos de la Universidad Nacional del Centro, en Huancayo, un caso exactamente igual al de la Cantuta, con la solitaria pero significativa diferencia que ese crimen ignorado se cometió en la sierra. ¿Quién se acuerda ahora de esos asesinatos ni de todos los demás, a quien le importan, o más aún, a quien le importaron en ese momento? La Cantuta, Barrios Altos, impactaron porque esos delitos se cometieron en Lima, entre gente supuestamente civilizada y culta.

    La verdad desnuda, es a menudo la verdad obscena. Desnudemos pues a la Verdad de una buena vez por todas y reconozcamos que a nadie o casi a nadie le importaron los asesinatos cometidos por la insurrección o la contra insurrección en la sierra, en la selva, lejos de Lima; eran después de todo, serranos, marginales que se estaban matando entre ellos, porque los terroristas y los soldaditos de leva son igualmente serranos, marginales, son pobres y sus pobres vidas no impactan en Jesús María ni en San Isidro, no han estudiado en el mismo colegio con ninguna persona importante y sus pobres existencias no le importan realmente a nadie.

    Ni siquiera estamos ante un fenómeno de racismo, porque en el Perú el racismo es un problema que atañe al acceso a discotecas exclusivas o a las playas de “Eisha” como se suele decir ahora. En el Perú, cualquier “rey de la papa” del mercado mayorista puede ganar el dinero necesario y si quiere se hace socio del Club de la Unión o del Terrazas, ya lo sabemos. No es un problema de pigmentación, sino de exclusión geográfica y social. Todo ese asunto del racismo es bueno para ganar prensa en Europa y formar un ONG bien financiado. La verdad que no queremos decir es que los asesinatos cometidos en Ayacucho, Aucayacu, Cajabamba o Ayra no le impactaron a nadie porque el Perú sigue siendo un país atrozmente centralista, excluyente. Y por eso a nadie le importó Sendero Luminoso hasta que empezó a golpear en Lima y por eso mismo a nadie le indignó la guerra sucia que se venía cometiendo en la sierra hasta que la guerra sucia apareció, literalmente, a la vuelta de su propia esquina, al pie de su ventana, frente a su jardín. Somos así, pues, aceptémoslo a ver si de ese modo pensamos en cambiar.

    Este anciano está sentado en un “banquillo de los acusados” de carácter simbólico. En realidad, tiene una carpeta, un sillón giratorio, hasta un micrófono. No me parece mal, porque la justicia no tiene por qué contener mecanismos vejatorios y después de todo, mientras no haya sido sentenciado, incluso a Fujimori le asiste la presunción de inocencia, que él por cierto no concedió a nadie cuando fue Presidente. Por eso no comparto el entusiasmo de la mayoría de los televidentes cuando en algún momento del interrogatorio el fiscal suplente o algún abogado “lo ponen en su sitio”, lo tratan con el autoritarismo y la insolencia que el reo convirtió en práctica cotidiana de su poder absoluto. Esos episodios hacen las delicias de alguna conocida presentadora de televisión y de una parte del público, esa misma parte del público que disfruta con el programa de Laura Bozzo y que ahora esperar hallar en el juicio a Fujimori una especie de “talk-show” de original factura. No, nada de eso. El juicio a Fujimori no debe ser un “show” mediático, sino un episodio jurídico. El Perú está juzgando a Fujimori, no a su gobierno. Los jueces tienen que sancionar los delitos que se le prueben al reo, matemática, exactamente. Ni más ni menos. Aunque este es ineludiblemente un juicio político, la sanción que se imponga tiene que basarse en actos personales, delictivos, acreditados técnicamente. No es un problema de los medios de comunicación.

    Personalmente, me gustaría que Fujimori sea sentenciado a una pena severa, que sirva más que como castigo, como ejemplo para cualquier golpista en ciernes que pueda estar pensando en imitarlo. Pero esa sentencia no tendrá ninguna importancia para el futuro del Perú. Ese anciano derrotado, que acaba de enterarse de que su propia hija lo va a abandonar en mitad del proceso para irse a estudiar no sé qué maestría internacional, ya no es un protagonista de la política. Simple sujeto de la Historia y no caudillo ni líder providencial, Fujimori está ahora en manos de sus jueces. Nada más.

    Este reo hubiera podido, tal vez, recuperar la dimensión histórica que pudo tener en un momento, si al empezar el juicio se hubiera admitido culpable de todos los cargos, asumiendo la responsabilidad de los actos políticos que, a su criterio, se vio obligado a adoptar para derrotar la insurrección, con el argumento- ya usado por los romanos- de que la salvación pública es la Ley suprema. En ese caso, Fujimori hubiera convertido en un verdadero juicio político el proceso simplemente penal a que se halla sujeto. Nos hubiera obligado a todos a mirarnos en el espejo todavía ensangrentado de los últimos años. ¿Estaríamos, realmente, dispuestos los peruanos a abrir, una por una, todas las fosas comunes, a saber la verdad? Una actitud así, hubiera colocado a todos los peruanos contra la pared de la propia conciencia. Pero no pudo hacerlo, porque Fujimori no está acusado solo de asesinato, sino también de robo, de desfalco, de peculado. Y la corrupción sistemática que caracterizó a su régimen le ha privado a Fujimori inclusive de la oportunidad de justificar su dictadura, al modo de los romanos, con la salvación del Estado. “El poder corrompe”, decía Tocqueville. Y agregaba: “el poder absoluto corrompe absolutamente”. Fujimori no pudo decir “maté, pero lo hice para salvar al país”, porque sus manos no solo están teñidas en sangre, también están manchadas con la tinta indeleble de las elecciones fraguadas y de los billetes escamoteados.

    Hace falta de todos modos, el juicio político, entendido como una especie de exorcismo colectivo de los demonios nacionales. Pero no es una tarea de los jueces. A Fujimori hay que juzgarlo políticamente en las calles, en las columnas de la prensa, en el debate diario. Ese juzgamiento implicará el de todos los demás actores: políticos, empresarios, periodistas, militares, insurrectos, policías, lideres y ciudadanos, culpables o inocentes, protagonistas o indiferentes. Todos deberemos analizar nuestra participación –o nuestra indiferencia culpable- en el proceso histórico que se ha desarrollado en los últimos 30 años. Esa no es una tarea que pueda restringirse al estrecho recinto de una comisión de la verdad o al debate académico. No sé si es este el momento oportuno, o si ese debate tendrá que postergarse por otra generación, hasta que los protagonistas de hoy seamos hueso en la huesa, como los demás que murieron, nuestros hermanos también, peruanos como nosotros, muchos de ellos mejores que nosotros. En algún momento el Perú tendrá que “considerar en frio, implacablemente” todo lo que ha ocurrido y sacar conclusiones seguramente duras, pero ineludibles. Solo entonces, cuando el Perú haya secado el rio de sangre, el “yawar mayu” que corrió sin compasión ni pausa, podrá modificar su realidad y reconstruir su Historia.

    Para que nunca se repita, nunca debemos olvidar.

  • 4 Rafael Valverde // Feb 7, 2008 at 7:04 pm

    Con respecto al reo Fujimori, German ha resumido muy bien el sentir de muchos peruanos y estoy seguro de la mayoria.
    Me gustaria German tu apreciacion sobre el nuevo Fujimori que nos gobierna.
    Los congresistas fujimoristas de ayer son los apristas de anteayer y de hoy. Revisa la lista. Algunos como Valle Riestra tienen “doble nacionalidad”.
    Si como dices nunca debemos olvidar, porque este desgraciado vendepatria, prochileno, amoral, MENTIROSO, ayayero chupamedia de los billetones esta ahora en el poder?
    Porque este grupo que ahora maneja el apra, deshonrando sus principios, tiene autoridad para destruirnos?

  • 5 Grimaldo Huarcaya // May 1, 2009 at 1:40 pm

    Muy buen comentario German, pero . . . .
    No es cierto que todos dijimos “mátenlos” o que todos apoyamos lo que pasó en La Cantuta y Barrios Altos (y en otros lugares como en la U. del Centro).
    Mucha gente si lo dijo pero los que realmente apoyaron la “guerra sucia” nunca fueron ni son ni serán mayoría.

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